Skip to main content
En Vela

✨¿Qué realidad invisible acontece más allá de lo que percibimos cuando fallece nuestro bebé?

By 15 de octubre de 2025diciembre 2nd, 2025No Comments

Mientras contempláis a vuestro/a hijo/a, hay toda una realidad invisible, y no por eso menos real, que está ocurriendo y también vale la pena contemplar. Mientras sostenéis a vuestro/a hijo/a o veis su cuerpecito pequeño, dolidos y quizá asustados de verlo/a sin vida, una vida nueva se está abriendo para él/ella, y para vosotros. Está aconteciendo el misterio de Navidad y la Pascua. Vuestro bebé ha sido pensado, amado y creado desde la eternidad y ha venido al mundo. Pero se abre algo muy doloroso: el tiempo con él/ella ha quedado muy corto, porque no solo nace en la Tierra, sino que también da su paso al Cielo, su Pascua.

En la Tierra se llora su partida, y en el Cielo se celebra su llegada, vuestro/a hijo/a ha nacido al Cielo.

Los ángeles lo/a escoltan; la Virgen María lo/a recibe en su regazo y ternura de Madre. Vuestro/a hijo/a ha entrado en la plenitud para la que fue creado/a, a la que todos aspiramos. El amor que le habéis dado y seguís dando, es un signo del amor eterno y pleno en el que ya está viviendo para toda la eternidad. Toda vida humana, por pequeña o breve que sea, tiene un valor y dignidad eternos. Tu hijo/a no ha pasado desapercibido/a para Dios, y toda la creación queda tocada por este nacimiento, todo ha cambiado en el Cielo y en la Tierra.

«El ángel les dijo: “No temáis, os anuncio una buena noticia que será de gran alegría para todo el pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre”. De pronto, en torno al ángel, apareció una legión del ejército celestial, que alababa a Dios diciendo: “Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”» (Lc 2, 10-14).

En ese momento que veis que su corazón ha dejado de latir en la Tierra, el Padre lo/a está acogiendo en sus brazos, como un/a niño/a que regresa a casa puro, tras haber vivido ya en plenitud; si la plenitud que anhelamos es amar y ser amado, este/a niño/a, en su breve vida aquí, solo ha conocido el amor. En la oscuridad que percibimos sensiblemente, desde la grieta del corazón que sufre, está naciendo una gran luz, para el Cielo, para vuestra familia y para el mundo, aunque es normal no comprenderla ahora; María tampoco lo hizo, sino que “conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (Lc 2, 19). Ella tampoco esperaba un nacimiento tan pobre, pero guardaba este misterio.

José, fiado de lo que el ángel le había dicho y también con sus dudas y preocupaciones, estaba junto a María, sin entender, pero amando, estando, acompañando. “Pablo se quedó solo por unos instantes. ’Luchaba para no enfadarme con Dios. ¿Por qué no has hecho el milagro? El Señor me llevaba por un camino que no entendía. Si piensas egoístamente quieres que se salve tu hija’. La sequedad se convirtió en agua viva al ver de nuevo a su mujer” (Pablo y Ana, padres de Nazaret).

También están los sabios de oriente que, siguiendo la estrella, encuentran al niño. Como ellos, que siguieron la estrella, muchos padres y madres os preceden en esta situación, os abren camino, os acompañan y son testimonio de la luz que surge de la grieta, de la gruta oscura, del corazón que sufre y este nacimiento que no se entiende.

Los pastores, pequeños y sencillos, son los que pueden comprender con el corazón lo que está sucediendo: ha nacido el Salvador, y esto cambia el mundo y la historia. Se acercan y se postran ante tal misterio. No saben qué hacer con ello, solo contemplan. Contemplar el misterio del nacimiento de vuestro bebé, que no ha sido como se esperaba, abre a una paternidad y maternidad diferentes, que se ensancha hasta el Cielo.

Este doloroso gozo de la Luz, el Amor y la Vida en la muerte es el mismo misterio que vivió María a los pies de la Cruz cuando, viendo a su Hijo morir, con el alma atravesada, también creía profundamente en la Resurrección. Hay belleza incluso en medio del dolor. No una belleza idealizada ni cómoda, sino una belleza que nace de haber sostenido vida dentro de ti, de haber sido hogar. Es Dios que entra en la oscuridad y la ilumina. En esta pérdida no hay fallos o fracaso, pues estáis viviendo el amor en una de sus formas más difíciles y más puras: amar sin retener, amar hasta el final. Y en esta entrega, además de quienes os quieren y acompañan, no estáis solos. Todo el Cielo y la Tierra están con vosotros. Esto que está aconteciendo en vuestra casa/hospital, aunque parezca pequeño o invisible, transforma el mundo.