Esta paternidad, a pesar del sufrimiento, no la cambiaría por nada del mundo
Patricia y Manuel llevaban varios años esperando un hijo. Tras una larga espera confiada, Helena llega a sus vidas, pero a los dos meses en el seno materno, nace al Cielo: “Es tristísimo y desgarrador cuando te dicen que tu bebé no tiene latido, para los dos. Una parte de ti está sumida en la tristeza y quiere que acabe pronto, pero ese bebé todavía sigue estando dentro de ti y pensar que ya se va a ir me generaba mucho sufrimiento”. Manu añade que “se para el tiempo, es como que sales de tu cuerpo, no sabes qué puñetas ha pasado, te quedas completamente knock out”.
Recibir con dignidad el cuerpo del bebé
“Debes mentalizarte, saber que vas a venir a casa a dar a luz a tu bebé. No sabes cómo va a reaccionar tu cuerpo a las pastillas, es tan doloroso… Pero es verdad que el dolor físico no es el más duro. No queríamos tomar las pastillas y esperar a ir al baño. Reconociendo la dignidad de este nacimiento, preparamos algunas cosas con cariño. Compramos unas flores, para que cuando viniera las tuviera. Teníamos preparadito un minialtar con alguna imagen, con la Virgen. Así también podíamos velar un poco a nuestra hija. Hablé con una mujer gracias a En Vela, que me ayudó un montón, porque me hizo una lista de la compra de cosas que debía tener. Era quitarle la frialdad al tema médico, aunque al final no funcionaron las pastillas y me hicieron legrado”.
La paz del entierro
“Cuando tu bebé fallece, lo que quieres es llevar a tu hijo a un Camposanto. Y que sus restos estén en un lugar. Hay una parte de agonía, de decir: ¿esto va a acabar?, ¿cuándo va a acabar?, ¿cómo va a acabar? Y la paz que te da decir: ‘Mi hijo está en un lugar en paz’…”, nos cuenta Manuel. Patricia da testimonio de que “el Señor hace que pueda ser un momento, a pesar de la tristeza, de gracia y de incluso alegría, porque poder enterrar a Helenita fue una paz tremenda, las lecturas, todo. Fue una semana muy triste y al mismo tiempo una semana muy bonita, nos sentíamos verdaderamente cumpliendo la voluntad del Señor en nuestras vidas al enterrar a nuestra hija y ofrecérsela directamente a Dios. Yo hubiera dicho: ‘Pues quiero disfrutarla’. Pero en medio de todo, ha sido un regalo, y la luz se ve a través de personas concretas.
Me hizo mucha ilusión la cajita donde iba Helena, a ella no la vimos en el hospital, pero En Vela nos abrió la cajita y nos la mostró, y estaba adentro la imagen de la Virgen, y la niña envuelta en una gasita blanca como de plumete, como de lunarcitos. A mí me hizo muchísima ilusión porque dije: ‘Ya que no he podido vestir a la bebé y no he podido hacer nada, me hace muchísima ilusión que esté envuelta así de mona’”.
La sepultura de bebés
“En Vela fue un regalo porque la última gran cosa que podemos hacer por nuestro hijo es darle un entierro. Darle cristiana sepultura. Y es muy bonita la sepultura que tenéis. Hay quien pensaría que estamos locos, porque una sepultura de bebés suena muy tétrico. Pero claro, no se trata de verlo como muchos bebés muertos, sino de ver a bebés que han subido al Cielo. A nosotros nos encanta pensar que hay otros niños y que están jugando arriba todos juntos, como una pandilla, y cuidando mucho de sus padres y de toda su familia”.
La bendición de estar acompañados
“Hemos tenido la grandísima suerte de estar muy acompañados: buenos amigos sacerdotes, nuestros directores espirituales… También un grupo de amistades que nos han sostenido muchísimo. Son matrimonios a los que queremos mucho, que son hermanos, la verdad. Y a sus hijos casi los sentimos propios a veces. Además, la familia. Los padres, los pobres, están también rotos porque no les gusta ver sufrir a sus hijos. Y es que, en el primer momento, como cuando tienes un sufrimiento muy fuerte en la vida, yo creo que no hay palabras que consuelen jamás. Al menos cuando es muy inminente. Cuando te acaba de pasar que tienes el corazón desgarrado… Solo es que estén contigo, e irte delante de un sagrario a llorar.
En Vela también ha sido un regalo por el acompañamiento. Aquel fin de semana de la agonía de las pastillas, me pusieron en contacto con esta mujer que justo había perdido un bebé de las mismas semanas y que había vivido también el tema de las pastillas. Como yo estaba muy asustada, porque no tenía ni idea cómo era eso, cómo podía ser, me vino muy bien hablar con ella, que me dijo todo sobre cómo había sido para ella vivir lo mismo”.
“Nos han acompañado y nos han dado luz, no solamente en cómo lo vives de manera práctica, sino en entender lo que está pasando”.
Somos y seremos padres desde la concepción
“Incluso antes de que Pati se lo creyera, cuando salió el primer test, yo pensé: ‘Ya está, soy padre’. Es el primer momento en que ya lo eres”.
Para Patricia fue diferente: “Nosotros estuvimos casi dos meses siendo conscientes de que éramos padres. A mí me costó al principio, porque como llevábamos cinco años esperando… Pero lo estoy disfrutando ahora, porque es verdad que ya nos sentimos padres. Saber que tenemos una hija en el cielo es un regalazo. Yo pienso todos los días en Helena, hablamos muchísimo de ella, rezamos con ella. Aunque no podemos ejercer de padres como nos hubiera gustado, como soy muy achuchona, le pido a la Virgen todo el rato que le dé achuchones de mi parte. Me doy cuenta de que María ejerce su maternidad con nosotros sin saber qué va a pasar con nosotros, porque nos caemos, nos levantamos… Pero nosotros sí sabemos algo de Helena con certeza, y es que está en el Cielo. La alegría es mayor que la pena. Esta paternidad, a pesar del sufrimiento, no la cambiaría por nada del mundo. Es un regalo de Dios también porque, curiosamente, Helena también tiene la misión de hacernos mejores”.
Manuel continúa: “Es una paternidad diferente en el sentido de que normalmente el padre espera que el hijo pueda llegar al Cielo, entonces es el que ejerce, pero ahora Helena es la que ejerce de inspiración con nosotros. Es verdad que en el momento en que tu bebé fallece te sale ‘¿En serio, tío?’. Pero hay otra parte que es: ‘Señor, si me llamas a otro tipo de paternidad, aquí estoy’. Son unos momentos de una entrega tan evidente… Siempre decimos: ‘Me pongo en tus manos, Señor’, sí, pero siempre tienes el bagaje psicológico de: ‘…pero si me lo propongo puedo hacer algo’. Aquí no, aquí es que no puedes hacer nada, absolutamente nada. Entonces solo queda: ‘Ya está, lo que tú quieras, haz de mí lo que quieras, porque será bueno’. Es la confianza.
El momento de Patricia dando a luz con las pastillas en casa fue un momento de muchísima unión familiar. Es un momento en el que entiendes el sentido del sacramento. También construyes matrimonio saliendo a cenar, pero cuando vives una cosa de estas es cuando miras a tu mujer y miras a la Sagrada Familia, que la tenemos encima de la cama, y dices: ‘Este es el momento en el que me entrego y mi mujer se entrega y nos damos en pos de algo grande, que es nuestra paternidad, y en el que te sientes realmente uno con el otro’”.
Cómo vivir esto como hombre
“Como hombre, lo primero que sientes es muchísimo miedo por tu mujer. Porque es un tema muy delicado. A ti te duele, evidentemente, por tu hijo, pero tal vez tardas más en interiorizarlo.
Lo que sí ves es la pérdida en la cara de tu mujer en ese momento, yo lo que sentí por Patricia en ese punto fue miedo. El tema de las pastillas lo viví con más miedo que un perro chico, porque yo no soy experto en anatomía patológica, yo estudié ADE, y entonces te dicen: ‘Va a salir un bulto de no sé qué manera’, y te dicen que tu mujer va a empezar a sangrar, que ‘si sangra mucho, que venga al hospital’. Claro, ¿y cuánto es mucho? O ‘va a estar un poco mareada, pero si está muy mareada…’, y dices: ‘¿A partir de qué punto es muy mareada?’. O sea, yo no dormí nada porque estaba pendiente de si Pati respiraba o no respiraba.
Yo creo que aquí la función del hombre es acompañar. El hombre se bloquea y tiende a racionalizar. Mi director espiritual me decía que la Virgen María miraba a su hijo sufrir y le daba lo que buenamente podía, pero no le decía: ‘Bueno a ver, vamos a ver qué hacemos’. No puedes huir de la cruz. No hay que reducir la cuestión, no hay que minimizarla, no hay que quitarle hierro. Es algo muy humano quitar hierro para escudarte, y hay una parte muy masculina que es que ves a tu mujer llorando y lo que te sale es solucionarlo: ‘No llores, no pasa nada, no es tan grave…’. Pero tienes que aprender cuál es tu papel en ese momento, y tu papel es humildemente reconocer que no tienes una solución, ponerte a su lado y llorar con ella. Y se acabó. No puedes pretender ser tú el que traiga la salvación”.
Helena y su misión
“Una forma en la que el bebé ya empieza a cumplir su misión es dándolo a conocer. Yo invito a todo el mundo a hablarlo. A decírselo a sus jefes, a decírselo a sus compañeros. Que tú incluso el día de mañana digas: ‘He vivido esto, tengo un hijo al que adoro, al que echo de menos, al que lo siento con la mayor de mis penas’, pero que puedas trabajar con una sonrisa, intentando estar al tope cuando ha pasado un tiempo, yo sí noto que es algo que a la gente le impacta, y también es una forma silenciosa de evangelizar”.
“Gracias a Helenita, volvimos a rezar completas. Yo llevaba mucho tiempo sin rezar completas. Y como la oración de la noche del Nunc Dimitis es la misma también de las lecturas que hicimos, es como un modo muy bonito de introducirla diariamente en nuestra rutina. Además, si no llego al Cielo no voy a poder verla. Entonces, si ya siempre hemos querido ir al Cielo y sabemos que es nuestro objetivo, pues ahora tenemos mayor motivación. Ahora es Helena la que se ocupa de que nosotros vayamos al Cielo.
La belleza se abre paso en el dolor
En todo lo que vivieron Patricia y Manuel, se percibe cómo en las grietas de todo el dolor que se vivía se abrió paso la belleza: “Cuando enterramos a Helenita, era un día de lluvia y de nubes, y se fueron las nubes y salió el sol en el momento en que estábamos metiendo la cajita en la sepultura”. Manuel solo puede bendecir, aunque esto no eclipsa el dolor de despedir a Helena, pero sí lo llena de sentido: “El sufrimiento tiene una nueva dimensión. Es una dimensión completamente nueva; ha sido un dolor y sufrimos a día de hoy, pero no lo cambiaba”. Desde entonces, estos padres albergan la confianza y la esperanza en todo lo que Dios hará brotar de esta situación, más allá de todo lo que ya han visto: “Lo bonito es que los frutos tampoco los vamos a ver nosotros. O sea, que nosotros vemos una parte quizá, pero que es algo totalmente para mayor gloria de Dios”.
