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Siempre va a ser mi hijo, toda mi vida

Angelita y Josué, padres de Dominic

Angelita y Josué llevaban esperando a Dominic cinco meses y medio cuando el pequeño ya estaba inquieto por nacer y conocer el mundo: “Me levanté a ducharme y la bolsa estaba rota. Fuimos al hospital y allí el pediatra me comentó que iban a retener al niño hasta los 7 meses, así que estuve un mes ingresada en el hospital. Estuve todo el mes en alerta… Me ponían un aparato para medirme el latido del corazón del niño y, cuando me decían que no lo encontraban, era para mí un sufrimiento… Pero yo le decía a Josué que le hablara, porque el bebé siempre se iba para el lado donde estaba él, así que al final las enfermeras me ponían el aparato del lado donde Josué estaba. Era una conexión muy especial, Josué fue el primero que notó el movimiento del bebé en el embarazo.

Estando embarazada, al bebé le gustaban muchas alabanzas y no las cosas de niño. Se movía bastante. Me decían: “Tienes que ponerle una canción de cuna, porque cuando nazca se va a calmar”, pero se la ponía y no me dejaba dormir. Cuando le ponía una canción de alabanza, el niño se quedaba tranquilo.

La dicha de estar juntos

Tuvieron que hacerme cesárea, oí que una dijo que el niño estaba respirando por él mismo y fue mi alegría. Pero después se lo llevaron y lo metieron en una bolsa de oxígeno. Entonces yo ya comencé a agitarme y a preguntar por el niño. No podía levantarme, tenía la presión muy baja, y comenzaron a ponerme antibiótico por una infección, entonces ya no me dejaron bajar a ver al bebé”.

Los dos primeros días estuvo solo Josué con el bebé y cuenta que “a los doctores les gustaba que yo fuera ahí, porque el bebé le echaba más ganas, como que tenía más ánimo. A veces él estaba muy bajo, y cuando yo llegaba a él se tranquilizaba y se estabilizaba”.

Dos días después pudo ir Angelita: “Me dijeron que tenía que estar piel con piel con el niño. Me lo pusieron y el niño ahí mejoró. Nosotros tuvimos la dicha de estar con él. Y físicamente sabemos a quién sacó un poco de nariz, de sus pies, de sus manos… Tenía un lunar en la espalda, que Josué lo tiene. Tuvimos la dicha de poderlo ver y decir a quién se parecía”.

Surge un amor extraordinario

En medio de esta incertidumbre, este dolor y esta separación aparece un modo de amar especial y todos se vuelcan, un amor distinto a lo vivido en el cotidiano: “Yo dejé el trabajo para estar con ella y con el bebé, y me dediqué a estar con ellos, solo iba a casa a ducharme. Yo hacía los papeles que ella necesitaba. Estaba pendiente de ella y de él, era bien difícil. Porque a veces me tocaba dejarla sola a ella y otras tenía que dejar solo al bebé. Pero no tenía miedo a haber dejado todo por ellos”, cuenta Josué.

Por otro lado, las enfermeras le hicieron un diario: “Cada día escribían como explicándole al niño: ‘Ha venido a verte tu papi, has estado aquí, has mejorado, nos has dado una noche complicada, pero vino tu papi y te mejoraste’, cosas así. Ponían todo lo que le hicieron”.

Angelita y Josué también sacaban ratos para hablar con él: “Estábamos juntos los dos, me lo pusieron a mí. Luego a él. Y nos dijeron que le explicáramos de nuestra vida. Entonces nosotros le empezamos a contar todo, también de nuestras familias y de mis jefes. Nosotros estuvimos ahí cuando murió y le estuvimos hablando. Y yo lo puse en manos de Dios, él se tranquilizó y ya dejó de hacer fuerza, porque él hacía mucha fuerza para estar vivo.

Cuando Dominic se fue al cielo, también fueron ángeles los jefes de Angelita, que trabajaba de interna. Para su jefa, Dominic era como su nieto: “Yo llamé a mi jefa, porque mis jefes son como mis padres. La llamé llorando. A la única persona que le pregunté fue a ella, le dije lo que estaba pasando y me dijo: ‘Tranquila que todo va a estar bien, yo me encargo de todo’. Por mi cumpleaños me dijo que el regalo que ellos me querían dar era pagarme los gastos del niño. Ella fue la que hizo el contacto con En Vela. Estoy muy agradecida, porque aparte del dolor que uno tiene, tener que estar luchando con eso habría sido duro. Le hicimos en la iglesia la celebración. Llegaron con el cuerpecito del bebé y había gente que nos conocía. Fue muy bien. Nos habíamos hecho la idea que el niño iba a estar siempre. Nuestro plan era que él aprendiera a nadar, que fuera a un colegio que hablara inglés y español, o sea, nosotros teníamos muchos planes para él, siempre pensando en más, que fuera algo bueno. Lo iba a bautizar y teníamos planes de Dios para él. Yo decía que el día que tuviera un hijo, si le pasaba algo yo me moría. Y mira, aquí estoy”.

Se abren caminos nuevos

En medio de la muerte, se abrieron caminos de vida en esta familia: “Cuando nació el bebé yo no le podía dar leche porque tenía infección, entonces firmamos que le dieran leche de otra persona. Sabiendo que yo, curada de la infección, podía donar y que otro niño como el mío así podría sobrevivir, yo le dije a Josué: ‘Voy a donar mi leche’. Nos dijeron que el día que usaran mi leche nos iban a mandar una carta y, justo en diciembre, me llega una carta.

Angelita y Josué también vivieron cómo se abría un camino de amor que siempre perdura: “Siempre va a doler porque es un hijo. Mucha gente nos dice que vamos a tener más hijos porque soy joven. Pero es que, aunque tenga dos o tres hijos, tu primer hijo va a ser tu primer hijo, él va a ser tu hijo siempre. No se reemplaza, no va a ser reemplazado. Nunca. Siempre el amor lo vas a tener. Somos conscientes de que el niño está con Dios. Entonces, nosotros lo que hacemos, es que le contamos nuestras cosas. O cuando estamos bromeando, le digo: ‘Ah, mira, Dominic, qué clase de papá te he buscado’. Es como siempre tomar en cuenta que él está con nosotros en el corazón, y con Dios”.

Josué añade que “Aunque sabemos que físicamente el bebé ya no está, sabemos que ese vínculo ya nunca lo vamos a perder. Porque los hijos no se pueden reemplazar. Nosotros siempre lo tenemos presente. Siempre va a ser mi hijo. Toda mi vida. La vida sigue. Y fue bonito el tiempo que el bebé estuvo y que sigue siendo bonito porque nosotros lo recordamos. Todos los días nosotros hablamos de eso”.

Además de vivir su paternidad y maternidad cada día con Dominic, se siguen abriendo caminos, y comienza una unión más fuerte entre los padres de Dominic: “Nos ha ayudado a tener más comunicación entre nosotros. Nosotros teníamos siempre lo de casarnos, y nos hemos casado después de esto. Siempre nos hemos llevado bien, pero apoyarnos mutuamente en esto tan difícil nos ha unido más”.

Este acontecimiento también les ha abierto un camino al Cielo, Dominic comenzó rápidamente su misión desde allí: “Cuando estaba embarazada, Josué creía en Dios, pero no iba a la Iglesia, estaba alejado, y yo igual, y ahora nos acercamos más a Dios. Cuando Dominic murió, Josué me decía: ‘Entreguémoselo a Dios’. Yo le decía: ‘No, yo no se lo quiero entregar, porque es mío’. Y me dice: ‘Todos pertenecemos a Dios, ese niño es de Dios’. Y hablamos y al final me dije: ‘Bueno, si va a estar en las manos de Dios, se lo entrego’. Y descansé”

Josué no tiene duda de que “por eso hemos sabido llevar muy bien las cosas, por Dios. Porque solos es muy difícil. Aunque nos tenemos los dos de apoyo, sin Dios creo que hubiera sido más difícil todo”. Aceptando que estos caminos nuevos solo se abren abrazando la cruz, afirma: “Algún día nos va a llegar la muerte, a todos. Hay que pasar por bastantes sufrimientos también para que vengan cosas nuevas”.