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¿Dónde está Dios?

Dios ha vivido nuestra muerte y la ha vencido

¿Dónde está Dios si mi hijo/a ha muerto? Si Él quería esta vida, ¿por qué se termina? ¿Por qué permite este sufrimiento? ¿Puede un Dios bueno querer la muerte?

Ante tantas preguntas, es normal cuestionarse la bondad de Dios. Parece que Dios nos haga un regalo y luego nos lo arrebate. Es normal no entender que vuestro/a hijo/a haya aparecido para desaparecer, pero realmente no es eso lo que está ocurriendo. La vida de vuestro bebé es real, sigue siéndolo, pero es una vida que ha sido elevada al Cielo, algo que rompe el corazón por la distancia y, al mismo tiempo, abre una relación nueva, más parecida a la que se tiene con Dios mismo. Una relación de amor continúo, eterno, presente, incondicional. Esta es la relación que podéis tener con vuestro bebé, que sigue vivo.

Jesús, a vuestro lado, lleva vuestro sufrimiento. “Jesús se echó a llorar” (Jn 11, 35) cuando supo de la muerte de su amigo Lázaro y cuando las hermanas del muerto le decían a Jesús que, si hubiera estado, Lázaro no habría muerto, y es en esta aflicción también donde Jesús toma todo el dolor, se sienta a vuestro lado, mira con amor a vuestro/a hijo/a, acompaña esta situación, intercede ante el Padre y os va abriendo el camino. Dios os acompaña.

Jesús mismo ha entrado en esta muerte de cruz para vencer a la misma muerte. Esto no nos quita el sufrimiento, pero muriendo y resucitando ha acabado con la muerte y nos ha abierto el camino al Cielo: a vuestro/a hijo/a en su muerte corporal, y a vosotros en el dolor que puede llegar a sentirse como muerte en vida. Podemos dar el paso al Cielo, en la muerte, porque Jesús mismo nos ha abierto este camino pasando por lo mismo: vuestro bebé entra en el Cielo, y aunque vosotros aún tendréis que esperar para esto, también se os regala el Cielo en la Tierra: la muerte de vuestro/a hijo/a os abre a una paternidad y maternidad nuevas, que no se comprende, que no es física, pero que de la mano de Dios se puede ir descubriendo.

Dios nos abre el Cielo en la Tierra

De manera natural surge un “pero yo lo que quiero es relacionarme con mi bebé aquí en la Tierra”. Es muy humano desear que nadie muriera, ni vuestro bebé ni vuestros abuelos ni nadie a quien amáis, pero es justamente por esta realidad tan dolorosa, por la muerte, que Dios vino a abrirnos el Cielo con su hijo. Esto no solo supone que vuestro bebé esté en el Cielo, supone que también se abre para vosotros, y que podéis gustarlo ya en la Tierra. Hay signos del Cielo en la Tierra, como el amor que crece en el dolor, la ternura que revoluciona los corazones que sale de alguien tan pequeñito, la alegría por lo más sencillo, incluso la misma muerte nos puede hablar del Cielo. Vuestro bebé se ha adelantado en llegar a donde todos los creyentes luchamos por ir, y nos recuerda hacia dónde estamos llamados a ir todos. La plenitud de nuestra vida no va a ser aquí, y él se ha adelantado a todos nosotros, sin tener ni que combatir, ni sufrir. Solo ha conocido la pureza, el amor y la inocencia, y así permanecerá toda la eternidad. Y en este paso de la Tierra al Cielo nos trae una gran luz, y es que nos recuerda que somos ciudadanos del Cielo.

Dios no quiere arrebataros nada. A lo largo de la escritura, hay varios casos en los que un padre ofrece a su hijo: Abraham ofrece a Isaac, o está dispuesto a ello, y Dios mismo ofrece a su único hijo, Jesús. Ofrecer no es perder, no es sacrificar, no es que alguien nos arrebate lo que es nuestro (pues en realidad nada nos pertenece), pero sí es entregarlo, sumergirlo en Dios, entrar en esta realidad y confiar en que pasa a brazos del Padre, en que no queda en la nada esta ofrenda y en que Dios solo sabe sacar vida de la muerte. Y va a hacerlo con vosotros.

Para atravesar este sufrimiento, Dios se revela en numerosos gestos, personas, palabras, miradas, actos… Dios es belleza, Trinidad, luz en las tinieblas. Se esconde y nos habla en cada gesto bello y digno, en unas flores, en cada acto de amor, en la compañía de los que sufren con vosotros, en una mirada de esperanza…

Y es que Jesús es Emmanuel, Dios con nosotros. Es quien vino a vivir entre nosotros, es la gran alegría de todo el pueblo, porque hay un salvador, la muerte ya no es el final. En esta llegada de Jesús al mundo, la ternura conmovió a toda creación. Hay algo bello en los más pequeños que vienen al mundo o que nacen directamente al Cielo; estos pequeños que pueden ser casi invisibles al mundo son capaces de generar en el corazón un amor y una ternura que nunca uno podría imaginar que puede llegar a tener. Este amor y esta ternura se manifiestan en varios gestos, a veces en lágrimas cuando nos distanciamos de este bebé que ha generado tanto amor en el corazón, otras veces en gestos llenos de belleza. Y estas lágrimas y esta belleza nos hablan de Dios.

Dios está en la Palabra, que ilumina y acompaña

No siempre es fácil creer y consolarse en esta vida nueva y esta realidad celeste, pero la Palabra, poco a poco, se va haciendo carne y, de la mano de María, iréis acogiendo lo acontecido, quizá sin entenderlo, pero sí en la fe del Dios invisible que ilumina la realidad y nos revela, poco a poco, que hay mucho más de lo que percibimos visiblemente, y que es bello, profundo y eterno. Y para este camino, no estáis solos. Nada de esto deja indiferente a Dios. Dios no quiere la muerte ni la planea. Dios os acompaña.

A veces el dolor es tan grande que parece que ni Dios puede consolar, que Dios se ha olvidado, que lo que vivís no está recogido en ningún lugar. Puede que hayáis pensado que otros han vivido el fallecimiento de un bebé antes que vosotros, y esto puede ayudaros a sentir que alguien ha vivido lo mismo y que no estáis solos. Más allá de esto, vuestra historia, también esta parte en la que vuestro bebé fallece, está recogida en la escritura. A Dios no se le escapa nada.

Os proponemos un itinerario, que se llama 8 estaciones de Luz.  El día de Navidad comienza la octava de Navidad; son ocho días en los que la Palabra ilumina paso a paso lo que estáis viviendo: un nacimiento que lo cambia todo, comentarios o gestos hirientes que podéis recibir, la fuerza de atreveros a entrar en esto que está ocurriendo, la muerte de los inocentes… Os invitamos a recorrer junto con vosotros este camino para dejaros acompañar por la Palabra, que es sanadora y da una luz desde las distintas maneras en las que estáis viviendo la cruz. La Palabra recoge todo lo que experimenta el corazón humano y, si la recibimos en el corazón, puede iluminar las tinieblas más grandes.