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¿Cómo vivir el fallecimiento de nuestro bebé con el resto de nuestros hijos?

La pérdida de un bebé es un acontecimiento doloroso que también afecta al resto de hijos. Acompañarlos en este duelo es una oportunidad para vivir el amor, la verdad y la esperanza con delicadeza. No se trata de protegerlos del dolor, sino de ayudarles a vivirlo de manera sana y con sentido. No hay una norma fija ni un único camino para afrontar la pérdida de un/a hijo/a con el resto de hijos. Cada familia, cada niño/a, y cada situación son únicos. Vivir el duelo en familia es un camino delicado, pero lleno de oportunidades para cultivar el amor, la verdad, y la esperanza. Los niños, con su mirada limpia, a menudo nos sorprenden con una capacidad natural para amar, recordar y seguir caminando. Ocultar o disfrazar la realidad no les ayudaría.

 “Nuestros hijos recibieron la noticia con lágrimas. (…) Con las preguntas insaciables de su edad, pero con todo su cariño, se pusieron manos a la obra: cuidar de mamá, pedir un milagro, miles de besos a su hermano desde la barriga, hablarle, cantarle…” (Mari Carmen y Pedro, padres de Jesús).

Hablar con los niños sobre la muerte del bebé según sus edades

Aunque pueda no parecerlo, es importante contarles a los niños lo que ha ocurrido. Incluso los más pequeños perciben que algo ha cambiado.

  • Vivirlo con amor: esta situación es una oportunidad de abrir un espacio a una mayor unión entre los hijos, entre los padres y entre toda la familia. Poder compartir vivencias o lo que se siente, hablar del bebé con amor y respetar las formas de recordarlo o tenerlo presente abre un espacio para la unión de la familia.
  • Vivirlo en verdad: ocultarles la verdad o disfrazarla puede generar confusión, miedo o incluso culpa. Hablar con ellos con palabras sencillas, claras y adaptadas a su edad les ayuda a comprender y a vivir el duelo de forma real.
  • Vivirlo con esperanza: este bebé se queda de un modo distinto presente, siempre va a ser su hermano y pueden contar con él y quererlo. Desde la fe, se les puede decir con naturalidad: “Tu hermanito/a ha muerto, pero no ha desaparecido. Está en el Cielo, con Dios, que lo cuida y lo quiere. Y desde allí, también nos acompaña. Y nosotros desde aquí lo seguimos queriendo”.

“Pablo dio la noticia: ‘Marta se ha ido al cielo’. El mayor se puso a llorar, muy triste. Le di un abrazo. Tiene ocho años y tenía que hacer la carta de los Reyes Magos: puso que no quería un regalo, que quería que su hermana estuviera en el Cielo y que su mamá no sufriera. Los demás decían: ‘Ah, pues se ha ido Marta’. Después, pedían por ella. Con los niños, con naturalidad” (Pablo y Sara, padres de Marta).

Según la edad, puede ayudar tener ciertas cosas en cuenta:

Hasta los 6 años

No comprenden del todo que la muerte es definitiva. Quizá no conocen tampoco la palabra. Pueden hacer muchas preguntas, repetirlas o incluso parecer indiferentes. Es posible que notéis que intuyen lo que está ocurriendo. Aunque son aún muy pequeños a esa edad, si sabían que iba a llegar un bebé, lo esperarán. Es bueno evitar frases como “está dormido” o “se fue”, y explicar que su hermanito/a murió y ahora está con Dios o también con ellos en el corazón. Al comunicar el fallecimiento, es importante decir que el bebé estaba enfermo y/o débil porque era muy pequeño (es mejor que no relacionen la enfermedad con la muerte, porque todos enfermamos alguna vez). Es posible que se preocupen de que los papás se mueran, por eso les ayuda entender que el caso de su hermanito/a era diferente.

De 7 a 12 años

Tienen una comprensión más lógica y concreta. Es posible que expresen emociones intensas o dudas existenciales. Se puede hablar con ellos con total claridad sin miedo a que vean una cara más dolorosa de la vida. Si lo esperaban con mucho amor, los niños a esta edad también pueden experimentar mucho dolor por esta pérdida. Hablar de lo que ha ocurrido y mostraros dolidos también vosotros, pero mostrando que os acompañáis unos a otros, es presentar el sufrimiento como una oportunidad de unión y de ir más profundo en la vida. Desde la fe también creemos que el alma de quien ha fallecido vive con Dios, por lo que no hay que tener miedo de decirle a los niños que le hablen a su hermanito/a o que le pidan intercesión. Sigue presente y es parte de la familia.

Adolescentes

Su dolor puede parecer más reservado o manifestarse con silencios, rebeldía o aislamiento. Agradecen los espacios de conversación sincera, donde se valide su dolor. Si viven la fe, les ayudará naturalizar que esta no quita el sufrimiento, pero sí que abre un camino en el sufrimiento: de esperanza, de eternidad, de ir más profundo, de aprender a amar más a los que siguen con nosotros y también amar de un modo nuevo al hermanito que falleció.

Aprender de cómo los hijos ven y viven esta situación

Cuando muere un bebé en la familia, surge la pregunta de cómo hablarlo con el resto de los hijos. Sin embargo, los hijos también tienen mucho que decirnos y enseñarnos sobre este acontecimiento. Los niños tienen una mirada especial, captan cosas que puede que un adulto no, su mirada es inocente y pura, y es por ello que, sin ser ellos conscientes, en su modo de vivir este acontecimiento se pueden encontrar muchas claves para vivirlo como adultos también.

Quizá uno de vuestros hijos quiera hacerle un detalle a su hermanito bebé fallecido, o comente cosas que ve o piensa sobre la situación; si esto ocurre, prestar atención a estos detalles os puede ayudar a vivir con una mirada más amplia esta situación. Hay niños que le ponen nombre a su hermanito fallecido, que lo velan con fascinación, que hablan con él con naturalidad, que le hacen un dibujo especial o que casi lo envidian porque ya está en el Cielo. También puede pasar que los niños quieran enseñarle sus cosas, como un modo de integrar a su hermanito/a en su vida, en lo que aman. Todo esto es una enseñanza para los padres y los más mayores, pues los más pequeños nos enseñan un amor libre, la belleza donde los mayores la tienen eclipsada por el dolor y un modo de relacionarse con su hermanito que el adulto debe ir descubriendo. Observando a los más pequeños podemos aprender a cómo integrar a vuestro bebé en vuestra vida y lo que amáis. Estar atentos a estos pequeños descubre un modo distinto y nuevo de vivir lo ocurrido.

Cuidar a los hijos respecto al peso de la pérdida

A veces, como padres, sin ser conscientes, el dolor puede volverse tan grande que los niños empiezan a sentirse responsables de aliviar el sufrimiento de sus padres o de «compensar» la pérdida. Es importante cuidar este equilibrio, porque para un/a niño/a es difícil cargar con tristeza y silencios que no entiende ni puede gestionar. Su lugar es vivir, sentir, preguntar y amar con la libertad propia de su edad. No se trata de que os agobiéis con esto ni de tener miedo a sobrecargarles. No pasa nada si os ven tristes, pero aclararles que es algo que debéis vivir, que se os pasará y que ellos no tienen que hacer nada por vosotros, es algo que puede ayudarlos mucho y liberarlos.

¿Conviene que los niños vean a su hermanito/a fallecido/a o que vayan al cementerio?

Para esto, no hay una respuesta universal. Lo importante es valorar con cuidado la situación particular. A veces depende de si se les ha hablado con naturalidad de su hermanito/a, de sus dificultades, de la posibilidad de que muera pronto… También depende de cómo los niños han vivido el tiempo de embarazo: si han tocado la barriga, si le han hablado, si lo esperaban con ilusión. Esto último crea un vínculo real que puede necesitar una despedida concreta, con un rostro, con un cuerpo.

También influye su edad, su nivel de comprensión y sensibilidad emocional. Hay niños muy pequeños que no se alteran al ver a su hermanito/a, y eso les ayuda a integrar lo que ha pasado. Otros pueden angustiarse o no estar preparados para una imagen que no entienden. Quizá a algunos les ayuda ver la cajita, saber que su hermanito/a está ahí y que van a despedirlo/a, pero son muy sensibles a ver el cuerpo. Escuchar a los hijos, observar cómo expresan su afecto o sus miedos, y discernir con delicadeza, es clave para tomar esta decisión.

Incluso en los casos en que no haya habido una conciencia clara del embarazo o del hermanito/a, porque era muy pequeño o no se hablaba abiertamente, el entierro puede ser una ocasión significativa de darlo/a a conocer, incluso si no se ha considerado oportuno que vean el cuerpo. Los gestos que se van sucediendo en el entierro permiten v r la dignidad y el espacio que se le da a esa vida, por breve que haya sido, y esto ayuda a los niños a vivir en la verdad: ese bebé existió, es real, es mi hermano/a para siempre y ahora está con Dios. Pero incluso eso debe ser valorado por los padres. No hay una norma, no lo haréis bien o mal por decidir una u otra cosa, porque al final vuestros hijos acogerán a este/a hermano/a suyo/a en la familia por distintos caminos y de distintas maneras.

Evitar falsas ideas de Dios

A menudo, cuando se vive la fe en la familia, se recurre a frases como “Dios se lo ha llevado” o “era su voluntad”, que pueden generar en los niños (y en los adultos) una imagen distorsionada de Dios: un ser lejano que te arrebata a quienes amas o que causa dolor para enseñar algo. Es importante explicarles que Dios no quiere la muerte de nadie, que no necesita esto para hacer su voluntad, y que no juega con los sentimientos de las personas.

Sin embargo, sí es bueno hablar de un Dios que acompaña, que llora con nosotros, que abraza a ese/a hermanito/a y que nos da fuerza para vivir esta pérdida. Un Dios que no causa la muerte, pero que nunca nos deja solos en ella. Así, Dios no aparece como una explicación, sino como una presencia inocente del mal, compasiva y fiel.

Mantener rutinas para su estabilidad

Después de despedirse físicamente del bebé, es importante ofrecer estabilidad a los niños. Seguir con las rutinas da a los niños un marco de seguridad en medio del dolor. El regreso al colegio, las comidas en familia, los juegos… ayudan a integrar lo ocurrido sin que esto lo absorba todo.

También es bueno acompañarlos desde la fe en lo cotidiano, si se vive la fe en casa: una oración sencilla, una velita, una foto del bebé… gestos pequeños que permiten acoger de un modo nuevo a su hermano/a en la familia y mirar al Cielo con esperanza.

Apoyo del entorno cercano

Informar a profesores, catequistas o cuidadores sobre lo ocurrido permite que acompañen mejor a los niños. Saber que su entorno entiende lo que están viviendo evita malentendidos y facilita un apoyo.

Miedo en embarazos posteriores

Si llega un nuevo bebé y anunciáis que mamá está embarazada, es normal que los niños experimenten temor o incertidumbre, como posiblemente os pueda pasar a vosotros. Es importante no hacer promesas (“este sí nacerá sano”) y acompañar sus emociones con sinceridad y esperanza: “No sabemos lo que pasará, pero vamos a estar juntos pase lo que pase” o “No tiene por qué pasar nada por haber fallecido tu otro/a hermano/a, cada vida y cada historia es diferente, y lo vamos a querer cada día”.

Hijos nacidos tras la pérdida

Los niños que nacen después pueden preguntar por el/la hermanito/a fallecido/a. Hablar de él/ella con naturalidad usando su nombre, mostrando fotos o recordando su existencia con cariño les da una imagen de familia completa, donde el amor y las relaciones no se borran con la muerte. Desde la fe, pueden crecer sabiendo que tienen un/a hermano/a en el Cielo que los cuida e intercede por ellos.

En resumen

Cada niño/a es distinto/a, pero todos necesitan lo mismo: amor, verdad y esperanza. Hablar con claridad, permitir que expresen su dolor, ofrecer consuelo sin forzar, y acompañar desde la fe si es parte de la vida familiar, puede hacer del duelo una experiencia de madurez, de unión y de esperanza. También es sembrar en ellos una semilla de fe y esperanza que no niega el dolor, pero lo transforma y abre una luz en las grietas que quedan en el corazón herido.

Más información

Si queréis profundizar más en este tema, os dejamos el link de Umamanita relacionado con él que seguro que os ayudará: https://www.umamanita.es/el-duelo-perinatal-en-la-infancia/