¿La muerte tiene la última palabra?
Cómo se puede continuar la relación de amor con vuestro/a hijo/a
Aunque la muerte supone una separación física con vuestro/a hijo/a, siempre va a tener un vínculo real con cada uno de la familia. Hay muchas maneras que pueden ayudar a tenerlo presente, ya que, al no verlo, puede ser más difícil relacionarse con él. Se puede hacer algo con su nombre, como costura, dibujo o una pintura; una imagen con toda la familia incluyendo al bebé; tener momento de contarle el día, escribirle o pedirle que guíe a la familia en ciertos asuntos; hablar de lo vivido en el embarazo, si se movía mucho, si se parecía a algún familiar cuando lo visteis…; tener una cajita con algunos recuerdos significativos, que también se pueden compartir con el resto de hijos; celebrar un día especial relacionado con él con un gesto sencillo cada año; o incluir su nombre en oraciones o cuentos familiares. También puede ayudar mencionarlo con naturalidad cuando surja o hacer una manualidad en familia para tenerlo presente. En el caso del resto de vuestros hijos, puede ser bonito para ellos hacerle algún dibujo. Muchas veces lo recuerdan de forma espontánea o hacen preguntas: acompañarlos sin forzar, dejándoles expresar lo que sienten, también es un acto de amor.
“Le contamos nuestras cosas. O cuando estamos bromeando, le digo: “Ah, mira, Dominic, qué clase de papá te he buscado”. Es como siempre tomar en cuenta que él está con nosotros en el corazón, y con Dios. (…) Aunque sabemos que físicamente el bebé ya no está, sabemos que ese vínculo ya nunca lo vamos a perder. Porque los hijos no se pueden reemplazar. Nosotros siempre lo tenemos presente. (…) Para mí siempre va a ser mi hijo. Toda mi vida” (Angelita y Josué, padres de Dominic).
Estos actos de amor y para tenerlo presente no han de venir de una sensación de estar en deuda con él, de culpabilidad de dejarlo ir o creyendo que si no se le tiene presente se puede ser mal padre/madre. Realmente, estos actos de amor son gratuitos y le llegan a vuestro bebé y le alegran, y al mismo tiempo él descansa y goza en la misericordia de Dios. Además, estos gestos os ayudan a integrarlo en la familia y ensanchar el corazón con su presencia. Descansando en que él ha sido muy amado hasta su último día en el mundo y en que ha vivido todo el amor que tenía que vivir, estos actos de amor os permiten tener una relación con vuestro/a hijo/a para siempre.
Este amor es distinto en forma, no en grandeza, a lo que se vive con otros hijos. Si tenéis más hijos, los educáis, corren por vuestra casa, los podéis abrazar, jugar con ellos… Es un amor que puede tocar al otro y que requiere la cercanía. El amor que os proponemos vivir con vuestro/a hijo/a es diferente y nuevo, no es un amor que retiene, que busca tener físicamente cerca al otro, sino que es abrirse a otro tipo de relación. Por ejemplo, si el bebé es incinerado, puede que queráis tener las cenizas en casa al principio. Es un modo de tener cerca a vuestro bebé, de no dejarlo ir. Sin embargo, con el tiempo, os proponemos poder llevarlas a otro lugar, como un gesto de reconocer que vuestro hijo continúa su misión y su presencia entre vosotros, pero no desde casa, pues su naturaleza es distinta y nueva, es la de alguien que ya solo vive en el amor y tiene una misión, por lo que su relación con el mundo es menos física, pero igual de real. Os invitamos a descubrir esta presencia para siempre de vuestro bebé, reconociendo que no está físicamente, pero que hay una relación nueva con él que puede ser realmente bella. Vuestro bebé ha venido a agrandar el corazón de muchos y con una misión, y llevará a cabo esa misión desde donde esté.
Se abre un camino en lo que parecía el final
La muerte siempre parece un final, una ruptura. Y en parte lo es, como decíamos, ya que físicamente no se van a poder compartir todas esas cosas que se deseaban con el bebé que queríais ver crecer. Sin embargo, en medio de la muerte, puede surgir un camino nuevo e inesperado; un camino de esperanza, de amor y de misión. Matrimonios que se apoyan más a raíz de tener que despedir a su bebé, padres y madres llevan consuelo y esperanza a otros que están transitando lo que transitaron ellos, hospitales que van reconociendo cada vez más la dignidad de persona de estos pequeños, familias que se unen en el sufrimiento… Hablar de lo vivido rompe un silencio que está muy presente y permite poder vivir la paternidad y la maternidad sin tener que ocultarla, mostrando el amor por este bebé como por cualquier otro/a hijo/a. Madres como Sara o Isabel nos hablan de esto en su testimonio.
La muerte abre el comienzo de algo inesperado, de algo a lo que solo podemos abrirnos y tratar de acogerlo. Nada de lo que se abra a partir del fallecimiento de vuestro bebé borra el dolor, pero al mismo tiempo es una luz y un consuelo que puede ir penetrando en esta herida del corazón. El dolor puede convivir con la alegría, es lo que sucedería en un parto: hay un fuerte dolor porque el cuerpo se desgarra y, al mismo tiempo, la alegría del bebé que viene. Ahora vivís este desgarro de la partida de vuestro/a hijo/a y, al mismo tiempo, encontraréis la luz que ha venido a traer este bebé en vuestra vida y los caminos que se van a abrir, como nos cuentan Angelita y Josué en su testimonio.
Comienza a surgir vida de la muerte
Pilar, psicóloga de Familiae y fundadora de la Red “El hueco de mi vientre”, nos da un ejemplo de esta vida que nace en la muerte con su propia experiencia: “Yo tenía un hueco en el vientre que al principio me resultaba insoportable. ¿Cómo se puede vivir, amar, trabajar, criar, disfrutar, cuando tienes un agujero, estás rota, no estás entera? Me sentía en todas partes fuera de lugar, por mi agujero en el vientre. Pero al final acepté que no iba a rellenarse ese agujero. Nunca. Un día, de pronto, caí en la cuenta con mucha emoción que un agujero no tiene por qué ser algo tétrico, estéril, triste y negro. Un agujero es el hueco de la guitarra, es una maravillosa caja de resonancia. ¿No podría ser mi hueco del vientre la caja de resonancia para el dolor de otros? Quizá yo podría hacer sonar en mí algo de aquello que callan los inocentes, los que sufren, los olvidados, los pobres… Un hueco puede ser también un refugio. Un lugar seguro. En un hueco cabe alguien, sirve para acoger a otros, un lugar en el que entrar. Como los refugios de la Guerra Civil. Quizá a mí me sirviera el agujero para atender mejor a otros, para aliviar mejor el dolor, que es mi profesión”.
Y así, como le ha sucedido a Pilar, se abre una misión para los padres que han vivido el fallecimiento de su bebé. Un espacio que puede llenarse de amor y entrega, y abrirse a una misión concreta. Desde este espacio, que es profundo, podemos mirar a lo más alto. Cada uno, a su manera, intuye que su bebé es importante, que es grande, digno y eterno. Que su existencia trasciende el tiempo del embarazo.
“Gracias, hija mía, por ser el milagro de nuestras vidas, por hacernos padres, por la bendición de cada minuto junto a ti, por enseñarnos el verdadero y único amor, por traspasar nuestros cuerpos uniendo el cielo y la tierra y, sobre todo, gracias por el profundo encuentro de nuestras almas, que permanecerán unidas más allá del tiempo y del espacio porque, Aitana, eres eterna” (Agustín y Estefanía, padres de Aitana).
En esta línea, una mujer quiso acoger, velar y despedir a su bebé un día que tenía lluvia de estrellas, porque sabía que la vida de su hija lo trascendía todo, era luminosa como una estrella y grande como el universo. Su intuición era que esta hija suya es infinita; esta trascendencia abre un camino en medio del dolor, un camino de esperanza y de amor, donde el corazón se ensancha, donde la paternidad y maternidad son para siempre, un camino que irá dando fruto a su tiempo.
Los frutos que salen de la muerte de vuestro bebé manifiestan que la muerte no tiene la última palabra. Esta es la experiencia de muchos padres, que han querido compartirnos su testimonio, padres y madres que afirman que el amor y la belleza se abren paso en medio del dolor, haciendo que la muerte no sea el cierre de una historia estéril.
✨El Señor lleva a plenitud lo que no entendemos
Cuando nace un bebé, con o sin vida, a cada uno el Señor le habla según su idioma: a los sabios de oriente el Señor les habló a través del cielo, pues lo conocían bien. A esta madre que os contamos en el apartado anterior, le habló a través de las estrellas. A otro puede hablarle a través de la fe en Jesús que nos abrió el Cielo. A cada uno le dará la luz para poder transitar este camino de nacimiento al Cielo de su hijo, a cada uno según entienda. No siempre es fácil abrazar la historia de salvación que el Señor quiere hacer con lo que habéis vivido y, al mismo tiempo, abrazando esta historia es cuando hallamos descanso.
“Josué me decía: ‘Entreguémoselo a Dios’. Yo le decía: ‘No, yo no se lo quiero entregar, porque es mío’. Y me dice: ‘Todos pertenecemos a Dios, ese niño es de Dios’. Y hablamos y al final me dije: ‘Bueno, si va a estar en las manos de Dios, se lo entrego’. Y descansé” (Angelita y Josué, padres de Dominic).
La muerte no es el final. María entregó a su Hijo, lo tuvo muerto en brazos, tenía el alma atravesada… y el Padre se lo devolvió resucitado, vivo para siempre. El amor y la vida que perduran para la eternidad nos hacen intuir e incluso reconocer que la muerte no es el final, que el Cielo está abierto, que la muerte ha sido absorbida en la victoria. Además, hay toda una fuente de frutos y gracias que manan de la cruz y de la muerte. No solo bienes colaterales, sino bienes en la misma relación con vuestro bebé. No se trata de que la muerte de vuestro bebé abre un camino en vuestro matrimonio, o toca el corazón de tantos, que también, sino de que la misma relación con vuestro bebé se transforma, porque lo que es muerte en la Tierra es una relación eterna y constante con esa misma persona que tuvimos que despedir, abriéndonos a una relación nueva y diferente a lo que pensábamos que iba a ser, pero no por ello peor, sino elevada al Cielo. El Señor no ha venido a limitar, a arrebatar, sino a llevar todo a plenitud.
